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    October 26

    Cabo Trafalgar

    Desde la balandra Incertain, un navío de exploración que arma dieciséis cañones, se atisba por barlovento un bosque de palos, velas y jarcia. Era la escuadra inglesa que comanda el almirante Nelson, que, ahí mismo, al sudoeste del Cabo Trafalgar, se disponía a dar por saco a la armada combinada franco-española.

    En otro barco, el Antilla, navío de línea de origen, comandante y tripulación españoles, con setenta y cuatro bocas negras que asoman por las portas, manejados por una leva forzada –es decir, habitantes de Cádiz reclutados por la fuerza – se disponen a obedecer las órdenes del almirante de la armada, en su buque insignia Bucentaure. Y a abrir fuego hasta partir las cuadernas a la armada casacona.

    Así, en el Antilla, en el segundo puesto de la línea que formaban todos los navíos de la armada aliada, veían venir a los buques que comanda Nelson formando dos líneas, que buscaban aguantar el fuego de los cañones hasta romper la línea, y atacar con barridos de proa, o de popa, y buscando superioridad numérica.

    Magnífico relato, de rigor histórico –pese a que el Antilla nunca existió, el autor usó ese recurso para representar lo que aquello fue – que aferra al lector a sus páginas hasta el epílogo. Arturo Pérez-Reverte abusa, quizás y desde una visión –claro está – muy subjetiva, de un vocabulario extravagante en algunas ocasiones. Palabras inventadas, demasiado coloquiales quizás, o mezclando lenguas, escribiéndolas tal cual las puede entender un marinero de leva.

    El relato está enfocado a saltos entre varios personajes, como el guardiamarina del Antilla, el comandante del Incertain, o Marrajo, un simple gaditano apresado en una taberna, que tan sólo piensa en meterle por la espalda un cuchillo al teniente que le trajo hasta ahí, y que pasa casi toda la batalla en la primera batería de cañones, sin saber lo que sucedía fuera. Y el autor aprovecha este estilo para mostrar al lector, poniendo en la boca, en los pensamientos y sensaciones de los personajes, el trasfondo de la historia, de los acontecimientos que precedieron aquella batalla naval que se dio a principios del siglo XIX.

    Pero ante todo es una novela entretenida –aunque eso va por gustos –, rica en vocabulario y en ideas. Una historia que conduce a las entrañas de un navío de línea, y empapa de sudor, enrojece los ojos por el humo que escupen los cañones, te hace vigilar los palos mesana, mayor y trinquete, y la intensidad del viento que hincha las velas, y hace avanzar al barco. En ocasiones, te sorprendes a ti mismo vigilando que la bandera continúe ondeando. Deseando que las andanadas inglesas, entre balazos, metralla y las astillas que saltan por la cubierta, no se hayan llevado por delante la driza que la sostiene. Pues es sólo al rendirse cuando se arría la bandera.

     

    Nacho

    October 25

    Cultura

    Abro nueva sección, y no por antojo, sino por necesidad. La necesidad que siento al reír ciertas obras de teatro, al pasar la última página de un buen libro, y quedarme con él cerrado en las manos, con sus palabras revoloteando aún en mi cabeza. La necesidad de expresar, de compartir, de transmitir.

    Creo que la cultura –más bien la falta de ella –es un gran problema que está atizando a una sociedad demasiado ocupada. Desde un buen dominio del lenguaje, pasando por la riqueza del vocabulario, hasta el conocimiento –por nimio que sea -acerca de distintos temas de historia, literatura, o arte, son, a mi modo de ver, pequeños éxitos de los que cada uno, si le dedica algo de ilusión, puede disfrutar de un modo ilimitado, y es una lástima que tanta gente no pueda gozar de ese modo.

    Algunas personas cercanas opinan que soy demasiado disperso. Un día me da por leer sobre estrategias militares, otro sobre el manejo de navíos de vela y otro sobre asuntos científico-filosóficos. Pero no creo que sea algo malo, aunque ahora esté de moda aquello de especializarse en algo –siempre acabamos hablando sobre el Caballero Don Dineros-, y creo que podría ser bueno compartirlo, aún siendo los rasgos más generales. Y si el lector ha llegado hasta aquí, será porque algo de curiosidad tiene.

    Por ello, me he propuesto, de cuando en cuando, hacer crítica de libros, teatro o cine -o de otras cuestiones culturales que crea interesantes –de un modo muy informal y subjetivo -, y así, espero, que pueda llegar mejor a la gente. Y no diré cultura entretenida, porque entre una intención y un resultado, en estos dominios, puede haber un abismo, así que haré lo que pueda.

    Espero -yo también, pues mi curiosidad es voraz – aprender de vosotros, reflexionando sobre vuestros comentarios, en los que podéis compartir con el resto algún libro, película u obra de teatro que creáis que merece la pena. Así, no sólo yo aprenderé, sino también vosotros mismos.

    Nacho

     

    October 14

    Ideales

    Redoblan los tambores, los plomos de arcabuz zurrean y los soldados de vanguardia cubren los huecos de los compañeros que caen por la artillería enemiga. Tras seis horas de batalla en las llanuras de Rocroi, en 1643, el tercio de Cartagena no ha cedido un palmo de terreno, pero las cargas de caballería francesa han diezmado las filas españolas. Al grito de ¡Santiago! y ¡Cierra, España!, los tercios de infantería arman las picas para repeler el choque con el cuerpo de piqueros francés, a las órdenes del Duque de Enghien. Las filas aprietan y se mantiene un escrupuloso orden, hasta que entran en contacto los dos regimientos. Una vez allí, que cada cual desabrigue las almas que pueda, y que cuide de su culo.

    Entre asalto y asalto, cuando el ejército imperial no iba a poder aguantar una embestida más, un grupo de representantes de la plana de mando de cada bando avanza hacia el centro con una bandera blanca, dispuestos a negociar. El Duque de Enghien ofrece una rendición honrosa: guardar sus banderas, y retirarse hacia España en formación.

    Con las caballerías flamencas y alsacianas, al inicio en ambos flancos, completamente derrotadas, y con los tercios alemanes, italianos y valones en retirada, sólo quedaban dos regimientos españoles del bando imperial, que habían resistido horas de cañonazos, cargas y choques como si de una fortaleza se tratara. Pero declinaron la oferta del duque francés, y decidieron morir allí, de pie y en formación, al mismo tiempo que moría el Imperio al que servían. El oficial ordena a los soldados viejos plantar cara en primera fila. Sólo queda afirmar los pies en el suelo, maldecir la mala gestión del rey Felipe IV y todo el cortesanado que se cuelga las medallas pero que nunca pisó un campo de batalla, contemplar cómo se iba poniendo el sol en el Imperio, esperar con la espada en la mano la llegada de la última carga de caballería y morir.

        *              *              *

    ¿Acertada decisión? Sirve, al menos, para reflexionar. Nos pasamos la vida velando por lo práctico, lo útil. El dinero y el poder. Pero nos olvidamos de los ideales. Hemos modelado la sociedad tal y como es el ser humano: egoísta. Para que algunos puedan tener una riqueza inabarcable, casas interminables, barcos o fincas, el resto no llega a fin de mes. Incluso, mucha gente, muere de hambre y vive entre miseria.

    El hombre es egoísta, y cada vez más. Sólo piensa en pisar al resto para alzarse como el único y poderoso, pese a tener que pagar con la más cruda soledad. Las empresas, al igual que los partidos políticos, diseñan sus estrategias para hundirse entre sí. Y para eso, no importa de quién se trate. Es la sucia y lamentable dictadura del dinero y el poder, la dictadura del propio hombre.

    Mientras aquellos soldados morían por sus ideas, nosotros, hoy, seguimos arrastrándonos. No sólo nadie da un duro por sus ideas, sino que están en extinción. Derechas o izquierdas no son ya más que conceptos vacuos, palabras útiles en las que se engloban todas las excusas que manejan los políticos, con el único fin de seguir gobernando. Palabras para esconder que ya no se cree en nada.

    Muchas cosas no han cambiado en estos cinco siglos. Ya antes, los que mandaban, creaban guerras a cambio de tierra, dinero, o poder. Enviaban a morir a miles de personas, e instauraban la miseria en muchos lugares inocentes desde un despacho. La misma fría y repugnante actitud egoísta que hoy. Pero sí que hay algo que echo de menos. Aquellos soldados que se ayudaban en las trincheras, que morían por unas ideas, que se avergonzaban de sus superiores y que no cobraban sus pagas. Aquellos héroes anónimos que esperaron la carga de caballería sabiendo cual era su final, tratando de ponerle un precio a su pellejo. Ya nadie se olvida del egoísmo, del poder, y del dinero, ya no quedan ideales. Murieron con la fiel infantería.

     

    Nacho

    October 04

    Verano sin descanso

    Da la impresión de que durante el verano desconectamos del mundo. Unos porque tienen que estudiar, y, de forma más o menos merecida, dejan que el tiempo corra allá fuera, mientras tratan de zafarse de los libros y las hojas de papel que le recuerdan los errores cometidos durante el año lectivo; otros, pasan el verano a caballo entre los bares y la cama, porque bien sabido es que salir agota cuerpo y mente y, como mínimo, es un estilo de vida que merece doce horas de sueño.

    Mientras tanto, los periódicos continúan saliendo a la calle, los telediarios siguen apareciendo, a las mismas horas, en la maldita pantalla que llaman televisión. Los periódicos digitales se actualizan cada media hora, y las ondas radiofónicas siguen llegando con idéntica limpieza. Sin embargo, con una copa a medias en la mano, buscando entre las páginas de un libro una fórmula mágica que pueda salvarnos de otro año de tormento, bajo los focos de una pista de baile, o en cenas de esas en las que hay que quitarle la quitinada piel al langostino con cubiertos, parece que lo que sucede en el mundo, lo que llaman actualidad y que, en general, va definiendo el mundo en que vivimos, nos importa menos.

    Pero, como ya digo, el tiempo no da tregua, y siguen sucediendo cosas. Y muchas, catastróficas o estúpidas.

    España ha sido desbordada por una horda de inmigrantes de los que llaman irregulares. Y como ningún país del mundo puede dar cobijo a un número ilimitado de personas, a lo que se añade el sufrimiento acumulado que traen consigo éstos – por no hablar de los que nunca llegaron –, el país permanece en una situación de colapso de la que no sabe muy bien cómo salir, probablemente, fruto del creciente bienestar de que disfruta nuestra sociedad y de un nefasto e inoportuno efecto llamada provocado por las regularizaciones masivas que tanta miseria y sufrimiento ha generado a nuestros vecinos del Sur.

    En otro lugar, en ese núcleo tumoroso que se arremolina en torno a Jerusalén comenzaron a llover bombas y misiles de unos y otros que pugnaban –cómo no— por pedazos de tierra de los que todos se sienten herederos. Unos gobernados por gabinetes débiles y corruptos controlados por las guerrillas, otros viviendo en un país pseudoartificial en el que existe la mayor superpoblación de armas y dedicación a la guerra, todos ellos fanáticos de ideas en las que apenas piensan antes de matar por ellas.

    Y así, los acontecimientos, que aunque de un impacto menor que los anteriores, no de menor importancia, siguieron sucediendo sin pausa. Galicia y Cataluña asolados por las llamas mientras los responsables miraban hacia otro lado, el Papa daba un discurso que causó furor en el mundo islámico en el que decía que la fe no podía ser impuesta con la violencia. Parece razonable, pero ya hablaré más detenidamente acerca del fundamentalismo, que, al ser para mí el mayor problema que tenemos entre manos, merece capítulo aparte. El caso es que, no podemos descuidarnos en Occidente, porque el tema hierve.

    Contemplando la situación con impotencia, los políticos pelean. Es su forma natural de sentirse útiles cuando las cosas no salen bien. Pugnan, mienten, y rascan votos pese a quien pese. Y lo peor de todo es que la gente les sigue el juego, participando de sus estúpidas disputas cuyo último fin es el de ganar las elecciones, emborracharse de poder, y hundir al enemigo –aunque yo siempre he pensado que los políticos de otros partidos están para colaborar, no para hundirse entre si–.

    Nos llevamos la copa a la boca, apurando, buscando el fondo que quizá resuelva nuestros problemas. La sociedad se desculturiza a pasos agigantados. Ya nadie lee. Ni prensa, ni libros, ni nada. A mi alrededor las vidas las alumbra la televisión, los ojos absortos no parpadean embaucados ante la facilidad de las imágenes. La gente ha olvidado hablar de temas interesantes.

    Pero siempre puedes encontrar a alguien que hable de literatura, de historia, de actualidad, o de ciencia. Quedan pocos, pero están ahí, y una leve impresión que cada vez palpita con más fuerza en mí me dice que son los que resolverán los problemas que el verano arroja mientras permanecemos en una hibernación aparente. Tomo mi pluma, y ella echa a escribir sin preguntarme antes, a traición. Ella, dejando surcos de tinta sobre el papel apergaminado, me susurra que hay que continuar luchando en este blog, aunque dando un giro de estilo, por un mundo mejor.

     

    Nacho