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    November 06

    G.A.L.

    Mi juventud es un obstáculo que me empaña al evaluar la veracidad, o la parcialidad, con la que la gran pantalla nos muestra lo que supuso el caso G.A.L., en esa España tan cercana que aún anda fresca y con las heridas sin cerrar. Pero ante los ojos, las secuencias no ceden ni dan tregua al sumergir al espectador en esa labor periodística emprendida por Marta Castillo y Manuel Mallo –los nombres de los personajes son fácilmente sustituibles por nombres verídicos, que cada cual traducirá sin apenas esfuerzo- desde que Antoine, un contacto anónimo que dice haber pertenecido a los G.A.L. en un pasado que remuerde su conciencia, informa del paradero de un zulo con información y pruebas de dicho grupo.

    Y a partir de ahí, se comienza a dibujar la encarnizada lucha a la que se enfrentan los periodistas al asomarse al insondable abismo de una investigación que concluye con las más desgarradoras y atroces consecuencias. Ni más ni menos que el terrorismo de Estado, denominado por los libros de historia como la guerra sucia, en la que una organización denominada Grupos Antiterroristas de Liberación emplea el ojo por ojo, es decir, las pistolas y las bombas, para combatir el terrorismo de E.T.A., poniendo ambos bandos a la misma altura.

    Con 23 asesinatos a sus espaldas, la mayor parte a personas que nada tenían que ver con la banda etarra, el G.A.L. comienza a deshilacharse en la redacción del Diario 16, en la que los periodistas comienzan a tejer las relaciones entre el subcomisario Ariza, presunto jefe del G.A.L., y la cúpula del Ministerio del Interior y el Gobierno González, y a descubrir en qué propósitos se invertía el voto de los ciudadanos, y cual era el destino de sus impuestos. Las escalofriantes sensaciones en las que el espectador se ve inmerso al ir digiriendo lo que ello supuso le atenazan en su butaca: una total carta blanca para derramar sangre en nombre del Estado, que supuestamente debe  representar a los ciudadanos con sus actos y decisiones, y un blindaje casi total al ejercer su brutal presión sobre todo aquel que ose hurgar en el entramado del G.A.L., y de los que manejan sus hilos.

    El director, Miguel Courtois, ya perro viejo en lo que a thrillers de carácter político se refiere tras su sonado éxito con “Lobo”, afirma haber filmado la película con el acta judicial en la mano, pese a que deja fluir preguntas sin responder que, quizás, flotarían en la mente de una ciudadanía que ya comenzaba a inquietarse ante el olor que se desprendía de la situación. Con el Ministro del Interior y el Secretario de Estado para la Seguridad condenados por secuestro y malversación de caudales públicos, junto con una amplia lista de funcionarios del Ministerio del Interior condenados de los cuales ninguno fue acusado por crear el G.A.L., y con una X en la parte superior del organigrama de dicho entramado, los dedos acusadores apuntaban a quien nunca fue formalmente acusado en un tribunal de, efectivamente, manejar la cruceta de la que cuelgan los hilos que mueven el entramado que, supuestamente antiterrorista, resultó ser una organización terrorista con graves consecuencias para la población civil.

    Es posible que sea demasiado pronto para abordar el tema de los G.A.L. de una manera objetiva por las heridas que aún arden en algunos sectores de la población española, y por los enfrentamientos sociales que dificultan una evaluación sosegada en asuntos políticos. También es cierto que en este asunto, aunque su gravedad lo convierta en algo tremendamente comprometido y en que se llega a negar o afirmar lo evidente, el proceso judicial llevado a cabo facilita la labor del que no busca la opinión sesgada que tanto se busca en estos temas, obedeciendo a intereses de unos o de otros. De lo que sí estoy seguro es de que esta película, trepidante, comprometida e interesante, recién  salida del horno en el que se forjan las producciones españolas, no dejará a nadie indiferente.

     

    Nacho